A 80 años de la gesta inolvidable en el óvalo de Rafaela, el homenaje al juninense Eusebio Marcilla, ídolo total en los tiempos de apogeo de Juan Manuel Fangio.

 

En 1941, Juan Manuel Fangio tenía 28 años y estaba a diez de lograr el primero de los cinco títulos del mundo. Pero el automovilismo ya tenía su lugar en el concierto nacional. Eran otros tiempos, otros circuitos, otros autos, otra velocidad y un público que desafiaba al peligro ubicándose a la vera de los circuitos y alentando con sombreros y pañuelos al aire.

El juninense Eusebio Carmelo Marcilla, tres veces subcampeón argentino (1947, 1948 y 1952) llegó a la victoria en su tercera participación en el turismo de carretera. Fue al ganar en “Las 12 horas de Rafaela”, el 12 de enero de 1941, piloteando su Chevrolet Nº 9, tras un maratónico recorrido de 11.757 metros de longitud a 126,597 km/h.

Promediando la carrera, tuvo lugar un suceso lamentable producto de la escasa visibilidad: un choque entre el auto de Curtesi y el de Díaz, que lamentablemente dio como resultado la muerte del primero.

Marcilla vio la bandera a cuadros luego de recorrer 1.529 kilómetros, tras girar durante 129 vueltas a un promedio de poco más de 126 kilómetros por hora, superando la velocidad máxima permitida por la Dirección de Vialidad, que establecía los 120 kilómetros como tope.

El que años más tarde se transformará en “El Caballero del Camino”, fue el primero en imponerse en la histórica prueba rafaelina, competencia que luego se trasladó -hasta el día de hoy- al autódromo pavimentado “Ciudad de Rafaela”, con dos circuitos, el óvalo más veloz del país, inaugurado en 1953.

Al juninense se lo conoció como el “Caballero del camino”. En 1940, regresando desde Lima y en dirección a Arequipa rescató de un precipicio a los hermanos Gálvez. Luego, repitió el gesto cuando rescató a Fangio y a Urrutia después de un accidente en tierras peruanas. Ese día habría ganado la carrera, pues fue segundo de Marimón por tan sólo 12 minutos, muchos menos de los que gastó en socorrer a sus compañeros caídos.

Su sueño era ganar un Gran Premio de la República, pero ese ahnelo jamás pudo sobreponerse al deber de ayudar a un compañero accidentado. Esto último valía mucho más que ganar una carrera.

En Junín, una plaza lleva su nombre y lo propio ocurre con el autódromo de esa ciudad del norte bonaerense. Así era Marcilla, un caballero vestido de mameluco blanco, sincero, humilde, señorial, que hacía volar su auto y fue dueño de muchísimas hazañas. Cuando Fangio viajó a conquistar Europa y el mundo, fue el líder máximo de los Chevrolet.

Su fallecimiento causó gran dolor. Fue el 14 de marzo de 1953, en la quinta edición de la vuelta de Santa Fe. Una curva mal trazada en el empalme de la ruta 70 con la 11. En ese momento, Marcilla venía punteando a más de 180 kilómetros por hora. El auto se prendió fuego luego de estrellarse contra una columna de hormigón y de nada valió el esfuerzo del dueño de una estación de servicio ubicada en el lugar ni tampoco el gesto de Jorge Orduna, quien pagó con la misma moneda que usaba Marcilla, trasladándolo urgentemente a un hospital de la ciudad de Santa Fe. Se fue a los 38 años en un veloz viaje a la inmortalidad, con su Chevrolet negro y la inscripción Junín en el frente. Ya nadie más volvería a ver su andar caballeresco por los caminos del turismo de carretera.

 

 

Primer logro deportivo

A Marcilla apenas le bastó un año y tres meses de su debut en el competitivo turismo de carretera de los ´40 del siglo pasado para ganar la primera carrera. Fue en “Las 12 horas de Rafaela”, tras su abandono con gloria en el extenuante “Gran Premio Internacional del Norte”, luego de codearse con los mejores; entre ellos, Juan Manuel Fangio.

 

Representante

Marcilla fue un fiel representante de Chevrolet, junto a otros grandes de la época como Fangio, Domingo Marimón, Marcos Ciani y Jorge Descotte. El duelo de ídolos y marcas fueron dos puntos en los que se sostenían los motivos que le dieron brillo y vigencia al TC de los 40. Nombres como Ford y Chevrolet perduran, aunque nada haya quedado de las legendarias cupecitas.

 

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Por Enrique Cruz

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